Bésame, que me dejo

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A veces, se nos escapan sin querer. Otras, tan intencionados son que da hasta vértigo hacerlo llegar al destino. Algunos van con misterio y otros abiertos de par en par. Los hay húmedos y sinceros. Los hay furtivos… tanto que no llegas a saborear la montaña rusa de emociones que suele venir después.  Hay besos redondos como los de las madres… y delgaditos… como aquellos que los niños dan a los hermanos pequeños para no hacerles daño. Algunos nos rozan y otros nos rebozan el alma. Muchos vienen con una maleta para poder quedarse y otros solamente nos hacen cambiar de párrafo y de destino. Los he descubierto picantes, susurrantes, torpes y vacíos. En ocasiones se jactan de buenas intenciones y otros, no tantos, llegan para pedirte perdón.

El arte que nace en la comisura de los labios se expone a que lo acaricien o lo arrojen a la hoguera…  Pero nadie le quita a ese beso la historia que narra, que va al asalto de lo que le da (y a veces le quita) su corta pero intensa vida.

Por cierto, como cantaba Víctor, ¿a dónde irán los besos que no damos?

Los 100 mejores besos (que damos)

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