El poder del anillo

Hoy vamos a hablar del poder del anillo. Y, lo siento por los amantes de Tolkien (entre l@s que me incluyo), pero la Unico_AnelloTierra Media va a quedar un poco al margen de nuestra historia.

En tiempos de crisis como el que vivimos, todo parece ir en la misma dirección: un enorme muro de ladrillos, algunos más toscos, otros más finos, pero muros al fin y al cabo.  Sin embargo, dado que soñadora soy un rato, me gusta imaginar que más allá de ese muro hay un frondoso bosque, una extensa playa y un huerto plagadito de frutas y verduras de las que comía cuando apenas levantaba un palmo del suelo. También me gusta imaginar, qué cosas, que realmente el muro no es infinito y que en algún momento puedo bordearlo y seguir el sendero. Igualmente, sueño con que encuentro una escalera que me permite subir peldañitos con cautela y conseguir otear, a lo Jack Sparrow, qué hay más allá del cemento. O, figúrate, seguidora como soy de Tim Burton y rememorando BeetleJuice, me aseguro a mi misma en mi “oniridiscencia” (permíteme la palabrita que me he inventado) que dibujo con tiza una puerta en el muro y, ¡pam!, la abro sin más esfuerzo.

Qué fácil es verlo todo en sueños… ¿verdad? Me adelanto a aclarar que yo juego así con la vida. A veces el sueño se apodera de mi y caigo en los laureles, pero, por norma general, suelo encontrar las baldosas amarillas que me llevan hasta la siguiente viñeta.

En tiempos de crisis como el que vivimos, algunos se jactan de saber cuánto vales y qué precio tienen tus horas. Esos “hombres grises” parece que quieran tiranizar con lo más sagrado y valioso que tenemos todos: el tiempo. Yo te animo a que inviertas ese tesoro en el banco de la genialidad, que no tiene nada que ver con el saquito del orgullo y ni por asomo roza al baúl del ego. La genialidad es una chispa, es una pista y es un anillo que siempre llevas contigo.

Y, dicho esto, vamos a por lo que nos ha traído hoy hasta este post:

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Hay una vieja historia de un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.

– Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo: “Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…”. Y, haciendo una pausa, agregó: “Si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar”.

-Eh…. encantado, maestro – titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien – continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó en anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él. Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda… Entró en la habitación:

-Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo – contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar en tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero, no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:

– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.

– ¿Cincuenta y ocho monedas? – exclamó el joven.

– Sí – replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate – dijo el maestro después de escucharle-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

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4 Respuestas a “El poder del anillo

  1. Hola a todos, Una historia que espero y deseo que generaciones venideras puedan apreciarla en su parte más positiva.
    Me gustaría dejaros un artículo que acabo de escribir y que tal vez puede arrojar un poco de luz a esa inquietud y reflexión de ¿Cuando aprenderemos a querernos y valorarnos más a nosotros mismos? http://elpoderdetuspalabras.wordpress.com/

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  2. Buenos días!!!

    Preciosa historia y que verdad…nunca nos valoramos bastante y siempre esperando la aprobación de los demás. ¿Cuándo aprenderemos a querernos y valorarnos más a nosotros mismos?

    Un abrazo!!!

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