Los compañeros de viaje…

Releyendo algunos libros de los que tengo en casa (nunca me cansaré de decir que releer es un verbo exquisito), encuentro de vez en cuando pasajes que siguen vigentes como el primer día. Más en los tiempos que corren. Entre esos pasajes, hoy quiero contarte nuevamente un cuento. Un cuento en el que vamos a intentar averiguar si, como algunos dicen, es posible vivir sin los demás.  Como decía Jorge Bucay: “Depende de lo que tú creas que debes vivir en cada momento y de quiénes sean los demás, en cada momento”.

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Uno tiene que ser valiente a la hora de elegir y saber que,  necesariamente, nuestras decisiones traerán una serie de consecuencias que se irán sucediendo una tras otra. Lamentarse de esos “efectos colaterales” nos hará estancarnos y dudar. De ahí que sea muy importante valorarse mucho y no moverse por inercia. La mezcla de pasión, coherencia, sentido común e intuición pueden darte muchas pistas de cuál es en cada instante (para ti) el mejor camino a tomar. Y, ojo, que esto no quiere decir que estés ante LA verdad absoluta, sino ante TU verdad más sincera y convincente.

Cuando caminanos entre los días que conforman nuestra vida, tenemos a veces que hacer equilibrios e incluso dar pasos atrás para no caminar delante, detrás, debajo o encima de alguien. Hay que caminar al lado de, no por el hecho de beneficiarte de quien lo hace junto a ti, sino porque es el modo más sano e inteligente que conozco.

De ahí la razón de ser de este cuento…

Aquel hombre había viajado mucho. A lo largo de su vida había visitado cientos de países reales e imaginarios…

Uno de los viajes que más recordaba era su corta visita al País de las Cucarachas Largas. Había llegado a la frontera por casualidad: en el camino de Uvilandia a Paraís, había un pequeño desvío hacia el mencionado país. Como le gustaba explorar, tomó ese camino. La sinuosa carretera terminaba en una enorme casa aislada. Al acercarse, notó que la mansión parecía dividida en dos pabellones: un ala Oeste y un ala Este. Aparcó su automóvil y se acercó a la casa. En la puerta, un cartel anunciaba:

PAÍS DE LAS CUCARACHAS LARGAS. ESTE PEQUEÑO PAÍS CONSTA SÓLO DE DOS HABITACIONES, LLAMADAS NEGRA Y BLANCA. PARA RECORRERLO, DEBE AVANZAR POR EL PASILLO HASTA DONDE SE DIVIDE Y GIRAR A LA DERECHA SI QUIERE VISITAR LA HABITACIÓN NEGRA O A LA IZQUIERDA SI LO QUE QUIERE ES CONOCER LA HABITACIÓN BLANCA.

El hombre avanzó por el pasillo y el azar le hizo girar primero a la derecha. Un nuevo corredor de unos  cincuenta metros de largo terminaba en una enorme puerta. Nada más dar los primeros pasos, empezó a escuchar los ayes y quejidos que provenían de la habitación negra.

Por un momento, las exclamaciones de dolor y sufrimiento le hicieron dudar, pero decidió seguir adelante. Llegó a la puerta, la abrió y entró.

Sentados en torno a una enorme mesa habían cientos de personas. En el centro de la mesa se veían los manjares más exquisitos que cualquiera pudiera imaginar y, aunque todos tenían una cuchara con la que alcanzaban el plato central, ¡se estaban muriendo de hambre! El motivo era que las cucharas eran el doble de largas que sus brazos y estaban fijadas a sus manos. De este modo, todos podían servirse, pero nadie podía llevarse el alimento a la boca.

La situación era tan desesperada y los gritos tan desgarradores, que el hombre dio media vuelta y salió huyendo del salón.

Volvió a la sala central y tomó el pasillo de la izquierda, que conducía a la habitación blanca. Un corredor exactamente igual que el anterior terminaba en una puerta similar. La única diferencia era que, por el camino, no se oían qiejudos ni lamentos. Al llegar a la puerta, el explorador giró el picaporte y entró en la habitación.

Cientos de personas se hallaban también sentadas en torno a una mesa igual a la de la habitación negra. También en el centro se veían manjares exquisitos, y todas las personas llevaban una larga cuchara fijada en su mano.

Pero allí nadie se quejaba ni lamentaba. Nadie se moría de hambre porque, ¡todos se daban de comer los unos a los otros!

El hombre sonrió, dio media vuelta y salió  de la habitación blanca. Cuando oyó el “clic” de la puerta que se cerraba se halló de pronto, misteriosamente, es su propio automóvil, conduciendo de camino a Paraís.

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