Pensamientos de un beso

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Había algo cristalino en aquella mirada de la mañana. Toda la noche había estado cuarteando las respuestas que no llegaban… O al menos, no llegaban como ella quería. En ocasiones, pensaba, todo está atado con un hilo tan fino que las maniobras para detectarlo son escasas. Tan escasas que parecen vacías de sentido. Y es cuando te muerdes el labio por la mera razón de no poder dejar descansar ese beso en la arista de quien atrapa tus tibios pensamientos flotantes que cabalgan mientras tú masticas el día.

Suele ocurrir que las llaves no abren las puertas que queremos. Sencillamente, porque esas puertas aún no las hemos encontrado. Tiene aún que pasar un tiempo (quién sabe cuánto de’ tic tac’ en el reloj) hasta que de repente, tras la bifurcación, tras los templos, los desiertos y el efímero oasis, vuelves al inicio: donde todo era posible y estaba ya marcado. Las vueltas que diste desde el origen hasta el final, que para el caso es el mismo círculo y el mismo punto cardinal, se ofrecen como abrazos en los que te puedes dejar caer: yerma o llena de vida. Abrazos que te impulsan hasta el punto que aprendes a volar; o de los que encadenan en nichos de vida en los que algunos se pierden, dejando caer los impulsos, los volantes de colores, las tramas posibles que nunca se tejerán y los tiovivos expuestos a la terquedad de alguien que no quiere ponerlos en movimiento.

¿Cuántos planteamientos de beso son erróneos? Seguramente, ninguno. Todos esconden algo de verdad y de ignorancia, de los etecés o puntos suspensivos que viajarán tras ellos… Pero, ¿hasta qué punto esto importa? Pienso más: ¿qué es aquello que importa excepto la llama? La tuya: la que se desparrama en cada pensamiento de amor. La que se corrompe con la dureza de los días. La que se achica en los inviernos a los que no pones fin y se expande como pétalos cuando rompes la baraja y apuestas porque la partida será ganada.

Los besos que se rumian y no se dan se quedan huérfanos de padre y madre. Se tiran en paracaídas al inconsciente y se desploman, sin gas, al almohadón de los títeres que alimentan los “y si”, los “por qués” y los cambios de tercio donde se toca diana antes o después de tiempo. La misma clausura de estos besos que se quedan errantes, puede erizarnos la piel de repente, un día, cuando el golpe es tan milimétricamente certero que todo, absolutamente, salta por los aires. ¡Pim, pam pum! La bomba de nitrógeno más potente no podría darte una idea de la miríada de golpes, fuerzas ancestrales, astros, nombres y  juicios que se ponen a galope, rumbo y derechitos al que te da la vida en ésta y quién sabe en otras cuántas.

Hay un pellizco en el mar. Es un pellizco…, y apenas es perceptible. Es una ola salada, espumosa que, de momento, camina a la deriva… Pero, ¿y si no lo fuera? Quizás, fácilmente sería asimilable que no supieras tú su rumbo. Pero si esa ola, que caminará sola o acompañada; que podrá ser partícipe de alguna tempestad; que quizás sirva de faro a las gaviotas que se posen sobre ella buscando comida… Si esa ola llegase finalmente a una orilla donde unos pies que han caminado mucho, desde el otro punto del horizonte.., llegase donde le estaban esperando descalzos, curando las llagas que el camino había sellado en ellos… llegase donde jugaban a esperar, pacientes, la llegada de la ola perfecta… Si eso ocurriera…

Aunque, pudiera ser también, que todas las olas lo sean. Perfectas digo. Sólo que, según para qué besos, unas olas son más perfectas que otras…

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