Caminar… juntos. (I)

De repente, un buen día, te da por observar tus pasos. Y… te detienes. Paras en seco y con la lengua afuera sabiendo que no recuerdas absolutamente nada del camino.

Nada.

Cero.

Ecos…

 

caminar 2

El paso anterior a este que se sucede, ¿hacia dónde iba? (Suenan fanfarrias) ¡Clin! ¡Diana! Ahí está!: la entrañable y mascada pregunta de siempre. No sé tú, pero cuando a mi la mandíbula se me agota de mascar esas interrogaciones, hago mutis por el foro. Me agarro al descaro y emigro…

Al cerrar los ojos, orbito en torno a las sales de baño que me tienen embaucada en mi estrés diario, tan cómodo e incómodo al mismo tiempo. Meto en mi bañera los trapos sucios y sus dudas, que siguen acumulando un agua turbia y pestilente; donde sólo el jabón espumoso es capaz de desagriar un poco el ambiente. Un esclavo ambiente donde mis dedos y las arrugas de mi frente se han comprometido demasiado… Los grifos gotean y remarcan el paso de los segundos: “ploc”, uno; “ploc”, dos…

Y gotea, “ploc”… y se escapa tu talón de Aquiles.

Y gotea, “ploc”… y recuerdas tus viajes visionarios que nunca tuviste tiempo de colocar en el mapa.

Y gotea, “ploc”… y empiezas a abrir ventanas al mundo.

 

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La primera ventana te despierta y sacude con fuerza a la necesidad del cambio. Bien. Eso está muy bien. Decirle “¡basta!” a la inercia y abrir el corazón al despeje de esa barrera invisible. Sin parpadear.  La memoria compartida puede recuperar el sentido para ti cuando decides que ya no vas a renunciar a esos trenes que has dejado huir a quién sabe dónde y optas por no negar lo que sientes. Así que, al menos, te calzas las botas para dar tremendo salto.

¡Uooooooop! Y al caer con tus recién estrenadas botas en otro suelo más firme, avanzas hacia la segunda ventana. Más soleada. La ventana del equilibrio. Ese que se pierde cuando queremos tenerlo todo bajo control… Así que toca lo que no gusta: sacar las tripas hacia afuera y cuestionar, cuestionar y cuestionar. Todo. Ser una duda. Ser todas las dudas. Porque sólo gracias a ellas podremos llegar a las respuestas que estábamos esperando que cayeran como maná del cielo.

Con el agua de la bañera algo más limpia, unos vidrios templados decorados sin más que unos visillos, nos abren la tercera ventana. La que nos permitirá simplicar en el viaje. La que no nos limita ni nuestra alegría ni la pasión que le pongamos a todo. Porque “nos merecemos todo aquello que nos permitamos sentir” (Jennifer James, “Veinte pasos hacia la sabiduría”). Y porque tener no implica ser. Bueno, escribámoslo como se merece: SER.

Las tres ventanas han inundado esa pequeña habitación de tu bañera con más matices… Ya es hora de quitar el tampón y dejar ir… ¡¡Bye, bye, convenciones!! Sales a las calle con el pecho llenito de ti misma. La cabeza erguida y el corazón batiente. Miras a tu alrededor, escrutas, caminas sonriente, avanzas con tus pasos generosamente: un, dos tres, cuatro… hasta que ves tus propias huellas delante de ti. ¡¡Estás caminando en círculo!! ¿Qué ha pasado? Lo que tenía que suceder: pasaste de largo ante la cuarta ventana. Quizás la más dura de abrir porque la manivela puede estar oxidada. Sin embargo, esta ventana viene con instrucciones: para poder abrirla de par en par es preciso conocer nuestras limitaciones. Sí, ¡eso es!, las sombras. El ego. Lo feo, que también forma parte de ti. Si no crees en tus limitaciones, ¿cómo te vas a permitir conocer algo nuevo? La ventana de la humildad es como aquel espejo de “La historia interminable” donde realmente veíamos reflejados quiénes éramos…

Y con esa humildad ya instaurada, ¿qué podríamos hacer? Podríamos volver al cuarto de la bañera. Podríamos tirar tabiques y construir una gran ventana. Podríamos llenarla de agua nueva cada día. Podríamos no estancarla nunca y dejarla fluir directamente del grifo a nuestras manos, refrescar la cara y el torso y, más despiertos, salir a caminar.

Podríamos dejar de ir tan aprisa. Podríamos sentarnos en un banco y no hacer nada; no-ha-cer-na-da… Podríamos saltar los charcos o mojarnos bajo la lluvia. Podríamos observar la marabunta, sumergirnos en ella y combinar los mismos pasos pero en una pequeña danza.

¿Qué me dices? ¡¡PODRÍAMOS CAMINAR JUNTOS!!

 

5 Respuestas a “Caminar… juntos. (I)

  1. Me encanta este video, es super real, me he sentido reconocido en él por desgracia…pero creo que ha llegado el momento de tomarse en serio ese cambio que tengo pendiente, soy luz morada segun me dicen pero me da miedo a despertarla…..ayer cumpli 37 añazos y ya va siendo hora de que reordene mis prioridades

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  2. JAJAJAJAJAJA. Me encantan las personas aventureras y sin miedos. ¡Bravo por ambas! Os seguiré mandando mensajitos de amor desde las hertzianas. Un muacka gorduno. =)

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  3. Claro que si, espero que te guste lo que leas 🙂 Queria felicitarte por tu programa de vuelta a casa.. Estoy ahora estudiando en irlanda y mi compañera española y yo llevamos toda esta semana escuchándote por las tardes mientras hacemos trabajos … Eres nuestra inspiración ! Y tengo que admitir que en españa no solía escucharlo mucho.. Jaja ya sabes eso que dicen que tienes que irte lejos para poder apreciar lo que tienes cerca… Un saludo y te seguiremos escuchando desde Galway!

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  4. ¡¡Hola Estibalia!! Me alegro de que así lo percibas… Con tu permiso, voy a echar un ojito a tu blog porque (me da a mi en la naricilla) seguro que nos llevaremos muy bien. ¡¡Abrazo de osa para ti!!

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