El tiempo y su(s) valor(es). MOMO.

El cielo. Me encanta mirar al cielo.

Lo he dicho en más de una ocasión pero, justo en el instante en el que los gatos se vuelven pardos, para mi llega el súmmun de la belleza. De hecho, hay por ahí un sueño del que ya he hablado precisamente en este blog y que se pierde justo en ese milagro que para mi es la noche.

¿Y por qué te muestro hoy mi cielo? Porque gracias a él recupero también mi  TIEMPO. Bueno, hablando con más propiedad, tendría que ajustarme a “el valor del tiempo”.  Ese que nos encargamos de clasificar, parcelar y medir. Ese que, cuando la Parca llega, nos damos cuenta que sólo puede medirse con el corazón.

Gracias al cielo, yo caigo en la cuenta de lo trascendente y sagrado del tiempo. Gracias al escalofrío que me recorre la médula cada vez que reconozco el destello de Venus, Orión o las Pléyades, pongo mis pies en el suelo…  Es lo que viene a resumir un lema, el de la Universidad Nacional de Tucumán (Argentina) que plasma fácilmente a dónde quiero ir con todo esto: “Pedes in terra, ad sidera visus” [Los pies en la tierra, la mirada en el cielo].

En una conocida revista encontré hace ya un tiempo las palabras del jefe indio GAYLE HIGH PINE que me hicieron sentirme aún más cómoda en mi forma de enteder la vida, el tiempo, el cosmos o estas mismas líneas que ahora escribo. Para él: “cada punto del espacio es el centro del universo, cada momento es el centro del tiempo, el único y precioso instante para el cual la Tierra se ha preparado desde su origen. Nada progresa, avanza, ni mejora. Un árbol de tres pies de altura no es superior ni inferior a un árbol de treinta pies. No es nunca ni superior ni inferior a lo que era o a lo que será. Ha de estar siempre en armonía consigo mismo”.

 

Uno de mis libros de primera línea (“Momo”, Michael Ende) describe con grandeza lo sublime de vivir este valor:

Beppo (el barrendero) a su amiga Momo: “A veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga que nunca crees que podrás acabarla. Y entonces te empiezas a dar prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez. Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. (···) Todos sabemos que una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora. Porque el tiempo es vida. ¡Y la vida reside en el corazón!”.

Déjame, por tanto, regalarte el tiempo y su valor. Para ti, MOMO. Confío en que descubras también tú su belleza…

MOMO – Michael Ende

 

 

 

Una respuesta a “El tiempo y su(s) valor(es). MOMO.

  1. Hola,

    He llegado aquí trazando un camino serpenteante, como si se tratara de una madeja de hilo que te lleva por varias habitaciones de una casa antigua, llena de historias que explorar y con las que perder y/o disfrutar las horas.

    Ocurre primero que mi madre escucha tu emisora desde hace años, “porque le recuerda lo bien que suena la música.” En el coche no hay tiempo para ponerse a buscar emisoras, así que, grabada en la tecla 1, estás.

    Yo solo cojo el coche por las tardes, para volver a casa desde el barrio de las Pirámides (el de Málaga!). Es un trayecto hasta mi casa es corto. Aun así, escuchar tu programa es una apuesta segura, y me permite relajarme, disfrutar de la caída del sol, y aprender un poquito con la gente que a veces te escribe. Tu voz es una acompañante ideal, y aunque el trayecto sea corto, lo que recibo a cambio de pulsar la primera tecla de la radio es… “gloria bendita”.

    Y llegamos a hoy, a la razón por la que te escribo! Hoy hablaste de Momo. Nada más llegar a casa, vine al ordenador. Busqué “Kiss FM” y “Momo.” Salía Momo Rodríguez… no, no. Eso no era. “Cómo se llamaba? Hmm.. Rocío, creo.” Tras saltar desde Twitter, cruzar Facebook, y finalmente llegar a (tener) undiabueno, encontré esta entrada.

    Te quería agradecer que hablaras de Momo, probablemente el libro del que más he aprendido, y uno de los que menos se habla, me parece a mí. ¿Te acuerdas del epílogo? Es la parte del libro que más me fascinó de pequeño. Siempre pensaba que me encantaría encontrarme a alguien que me contara una historia de aquella manera, en un viaje.

    Ende nunca supo el nombre de tan singular personaje, pero yo he tenido la suerte de que, en mi viaje, dijeras tu nombre antes de que tuviera que bajarme en mi parada.

    Gracias Rocio por reencontrarme con Momo, por acompañarnos (a mí y a los miles de conductores que vuelven a casa y te escuchamos!). Gracias por compartir con nosotros tu sueño, tu buenhacer y tu Tiempo.

    Un abrazo!

    Juan.

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