Carta a los errantes

Querido errante:

Bienvenido. Vengas de donde vengas, créeme: bien seas venido. Poco importa de dónde o desde cuándo eres errante. Ya sea porque erraste aquella vez y equivocaste el juego de tus cartas; porque te abigarres cada día a esas otras almas que vagan con un rumbo demasiado cotidiano; aunque sería perfecto que te hicieras llamar así por abrir los caminos que otros no se han atrevido a andar.

Amigo errante. Yo lo fui durante un modo y un espacio…

Había días que me calzaba mis guatinés con tal de hacer las horas más cómodas. Créeme: no da resultado. Las horas incómodas llegan lo quieras o no. A veces lo hacen con tanto ahínco que piensas que poco le queda al mundo para decirte que se acaba. “Hey, Rocío… Lo pasamos bien, vieja…”. Pero algo tiene el mundo que no te desprende de sus faldas tan fácilmente. No, errante, no… ¿Y sabes por qué? Porque él es el primer errante. El errante creador de todos los demás errantes. El constructor; el que empareja a su antojo qué destino te va a tocar ese día.

Amigo errante, la brújula. No te la olvides dando tumbos en la veleta. Ni al lado de aquel valle que dejaste kilómetros atrás… No me refiero a esa que cabe en la palma de tu mano. Tienes una más precisa y bastante más pesada, pues rige cada uno de los pasos que te atreves a dar. Algunas brújulas son nítidas, imparables. Las hay  que atemorizan a cualquiera con tanta disciplina. Otras te absorben como ventosas. Y te dejan ahí. En una especie de cámara oscura donde no sucede nada. Existen unas que dibujan un símbolo infinito. ¡Esas me gustan de verdad! Porque recorres sabiendo que habrá un retorno. No sabes a dónde… ¡pero te hace sentir como en casa! Hay brújulas pasivas y las hay activas, las que apuntan al Sur cuando deberías ir al Norte. Y las que que tienen un mecanismo tan complejo que se desgastan de tanto girar sobre sí mismas… No sé cuál será la tuya, pero aprende a cambiarla cuando veas que no apunta hacia donde te pidan ir los zapatos.

Amigo errante, el deseo. Apriétate a él con pasión. O apasiónate con deseo… Te lo creas o no, lo importante no está en el horizonte: suele caminar a tu lado. Lo importante cobra vida propia cuando vas de ruta, tomando la forma de caricias-brisa o vendavales-amnésicos. Así es: lo importante quiere su sitio en tu viaje y créeme que hará lo necesario para que te des cuenta. Te rugirá. Se mofará de ti. Te morderá las agallas… o te hará el amor. Siempre cuando no estés preparado. Si supieras que lo importante fuera a suceder como imaginas, entonces dejaría de serlo, puesto que nada quedaría expuesto a lo que no se ve, ni se sabe… ni tan siquiera se intuye… pero ES.

Amigo errante: sé generoso y regálate tiempo para todo. Porque hay espacios para arrepentirse, delirar, retomar las ideas y volver a arrepentirse. Para ir machaconamente hacia el destino que te tenía reservada una zona limitada. Para lucir tus galas o mostrarte desnudo, sólo abierto a la pureza de lo que eres. Date tiempo para llorar como lo haría un niño; al fin y al cabo sólo somos adultos por tener unos cuantos años más. Para marcarte sueños y soplarlos como las velas de un cumpleaños. Para curarte de espanto y cantar a los males. Es muy necesario que te des tiempo para quitar las malas hierbas del camino que dejas atrás o se descubre ante ti. Y, de vez en cuando, procura que haya tiempo para lustrarte los zapatos. Date unos minutos para tu soledad, pero también para masticar toda la vida al lado de los que quieres. Un tiempo para experimentar lo que no parece que te cuadra: quién sabe si ese trabajo de búsqueda sin mapa no esconderá el tesoro que tanto tiempo has estado buscando…

Amigo errante: estate atento al deshielo. Si eres de los errantes que abren caminos, es posible que no sepas de  qué te estoy hablando. Pero el resto sé que asiente. Lo sé porque lo he vivido. Hay deshielos que piden pan y algo de vino. Son deshielos tranquilos, que se desvanecen sin apenas darte cuenta en alguna de esas primaveras de tu vida. Porque debo advertirte que primaveras solemos vivir unas cuantas. Las primaveras que traen un saco de ilusión extra, aunque en ocasiones las ilusiones no sepamos verlas desde nuestras empañadas gafas de mirar al mundo. Gafas miopes y torpes que nos hacen perder trenes y aves que no son de paso, sino las que nos cambian la vida. Los deshielos también pueden ser duros, quebradizos y sucios. Fríos e inhóspitos, desagradables al tacto y al paladar. Mugen en un invierno que quieren perpetuo, ajenos a algo tan obvio como los cambios de ciclo. Cuando llega el deshielo sentimos que hay una coraza que se diluye. Más que de frío, crees morir de miedo: te expones. Eres vulnerable. Si eres lo suficientemente valiente de aceptar que lo eres, al poco ese agua dará paso a más vida. Una vida más generosa en tanto que se vuelve maleable. Errante, escúchame: maleable sí, pero voluptuosa. Maleable y engrandecida. Maleable y oxigenada. Cuando ese momento llegue, no vuelvas hacia atrás en tus pasos buscando el conocido invierno. Recuerda que los ciclos funcionan así y que si hay leyendas que hablan de aquellos que nunca volvieron, podrías concederte justo en ese instante la licencia de convertirte en una: La Leyenda Errante De Quienes Se Hicieron Grandes.

 

 

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