Estoy provocando

PROVOCAR:

(Del lat. provocāre).

1. tr. Incitar, inducir a alguien a que ejecute algo.

2. tr. Irritar o estimular a alguien con palabras u obras para que se enoje.

3. tr. Intentar excitar el deseo sexual en alguien. U. t. c. intr.

4. tr. Mover o incitar. Provocar a risa, a lástima.

5. tr. Hacer que una cosa produzca otra como reacción o respuesta a ella. La caída de la bolsa provocó cierto nerviosismo.

6. tr. coloq. Vomitar lo contenido en el estómago. U. m. c. intr.

7. tr. coloq. Col., El Salv. y Ven. Incitar el apetito, apetecer, gustar.

8. tr. p. us. Facilitar, ayudar.

No sé cuál de las definiciones se ajusta mejor en tu caso. A mi la 4 y la 8 me seducen sobremanera…

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Provocar es un verbo. Por tanto, implica una acción. Como toda acción, puede utilizarse desde su polo positivo o desde el negativo. Eso dependerá de las ganas de exprimir vida de las que dispongas. Es el verbo que Newton o Jobs se atrevieron a utilizar para chascar los dedos de la creatividad. Sinceramente: creo que provocar es la antesala del éxito.

Decía Shakesperare que: “Sabemos lo que somos, pero no en lo que podemos convertirnos”. Añadiría que nos convertimos en ese potencial cuando mandamos el miedo a paseo. Y hay que mandar el miedo a un garbeo porque provocar se arrima sensualmente al talento y, cuando uno esparce su talento, se hace feliz a sí mismo y a los demás. Eso sí: para poder provocar hay que tener un ingrediente básico. A saber, la humanidad. Una humanidad socio-sostenible (me acabo de agenciar el término) donde prima la compasión, la empatía y el amor hacia los demás.

Puede que cada mañana te mires al espejo sin saber a quién tienes realmente delante. ¿Quién crea a los genios? ¿Sus profesores? ¿Los libros que les inspiraron? ¿Sus padres? Quizás todos ellos puedieran ser determinantes, pero la verdadera bomba de relojería está en su propio universo, su cosmos, su imaginación… y valentía. Porque ser un genio supone ir contracorriente abriendo caminos, puertas, balcones y ventanas. También por eso, y durante un tiempo, tienen un feedback expansivo con su (pseudo) fracaso. Una soledad que tiene que ver con ser apartados desde el desprecio. ¿Acaso esto hizo renunciar a lo que pregonaban a los cuatro vientos? Afortunadamente no; los genios están hechos de esa pasta que se modela a su antojo y que es impermeable a las críticas.

Todos los genios soñaban con algo. Algo grande, incontrolable desde la esencia. Algo con un alma propia que hiciera revolucionar la apatía con que se movía el mundo a su alrededor. Con vehemencia, postularon teorías, volcaron versos y crearon nuevas piezas para que el engranaje de la sociedad tuviese más grasa y movimiento. ¿Buscaban reconococimiento? No. ¿El aplauso? Tampoco. ¿Cuál era entonces su propósito? Crear ideas. Plantar semillas. Y, sobre todo, creer en lo imposible. Una palabra a la que (siempre lo digo) le sobran dos letras.

Si hasta ahora nunca has imaginado lo que eres capaz lograr, tranquil@. Suele ocurrirnos a la mayoría. Sin embargo, y aquí está la buena noticia, la imaginación y el talento se pueden aumentar y perfeccionar. Eso sí: exige ejercitarlos y constancia. Vamos, como todo. ¿Sabías que nuestra imaginación es “funcionalmente ilimitada”? Imagina entonces que logras tu mayor deseo. Imagina que crees en ti como nunca hasta ahora has creído. Imagina que todo fluye, se coloca y recoloca a tu antojo. Imaginar – creer – crear. Paradójicamente, es así de sencillo. Y no tengas miedo de exhibirte, de que te vean, de mostrarte. Al aluvión de piedras que puedan caerte encima, alguien se atreverá a abrirte un paraguas desde el que podrás estar a salvo de esa lluvia de pequeños meteoritos salvajes. Créeme, siempre sucede. Desde esa oportunidad que tú mismo te has creado alguien surge o algo te siembra los pies a una tierra tan fértil que finalmente consigues que eso que otros consideraban ilógico, crezca como un árbol lleno de sabiduría.

Por eso mismo, la próxima vez que alguien te pregunte “¿qué haces?”, respóndele con tu más amplia sonrisa “estoy provocando”.

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