A VER QUIÉN TE LO DICE

frank-underwood

Nunca hubiera imaginado que esto pudiera pasar. Pero muchas cosas en la vida nos llegan como las collejas de una madre: sin verlas venir.

Voy a rectificar y a escribir que, en el fondo, sí que te vi. Sí que te supe. Las vísceras me hablaron en su idioma nada más sentirte, porque ellas funcionan así. Pero soy tan rechoncha en mis ideales que pensé que tendrías los tuyos. O al menos escrúpulos. Qué sé yo… quizás una reserva de latas de conserva mentales.

Pero no.

Viniste como lo habías hecho en otros despachos. Aplastando la buena hierba y sembrando una peor. Oliendo a tabaco como si tus músculos fueran ya de nicotina. Sin sentir, sin padecer y sin esa capacidad innata que otros seres humanos sí contemplamos: la sonrisa.

Trapicheabas a escondidas para mover tus fichas. Exactamente tal y como lo estás haciendo ahora. Poniendo lo peor de tu parte. En tu afán por violar relaciones, siempre necesitas lanzar tus peones al lugar reservado a las damas. Entiendo que ellas no te gusten; consiguieron solas lo que tú compraste sin esfuerzo. Cruzaron el tablero de sur a norte, empezando rasas y acabando reinas. Y eso escuece en el lagrimal de los mediocres. Lástima que no sepas valorar lo que otros hubieran invadido por amor… Es un hecho: las damas no son a medida de cobardes. 

Supongo que, más allá de los errores, te puede guarecer el desamparo. El absoluto. El que se hiere solo y no nos deja llevarnos bien. Hay dolores que se pueden justificar, pero el que se impone a través de los gestos, no. Porque tú marcas a la gente. Metes prisión y presión. Y menos tiempo en los corazones. Vives en un estado tan vertiginoso de ti mismo, que te aturde cualquier persona en busca de sentido.

La pena es la recompensa. Sí… que se recompense el éxito de lo terco y vacío. Que los que generan asfalto lideren o decidan lo que sí se puede o no se puede contemplar. Que sus dedos enjutos marquen la diferencia de lo que está bien o está mal, de lo que permanece vivo o bajo tierra. Que intenten resucitar lo moribundo. Que arrasen por miedo o desconocimiento la chispa de algo nuevo. Que la ley del embudo la usen como ley mordaza. Que escondan sus escuálidos logros en una sala de hormigón.

Son legión quienes siguen a los que no ilusionan. A las palabras mafiosas que ellos repiten para no estorbar. Falsa molestia, le llamo. A los políticamente correctos. A los corruptos de moral que han creado sus propios dioses. A los que te dicen lo que quieres escuchar… O peor. A quienes te han enseñado a querer lo que escuchas. Son legión los que aplauden la función porque no quieren mirar en camerinos. 

Son personas como tú quienes crean modas, estilos y jergas para que a nadie le dé por pensar. Por ser diferente. Por encontrar el punto de apoyo  y mover el mundo.

Pero por mucho que te empeñes, el río sigue mojando tus cimientos. Y, quién sabe cuándo, vendrás a empaparte de lo que hasta ahora has huido… La ambición sin humildad no sirve de nada. Y la derrota es saber que nadie te llevará limpio en su recuerdo. 

A ver quién es el valiente que de repente te quita la máscara. Me tuve que jugar el puesto, mi puesto, por atrever a sentir. No soy experta en suicidios colectivos. Pero, a diferencia de ti, yo aún me ilusiono. Sé que la suerte se busca, igual que las oportunidades. Y aunque compenses tu miedo a la felicidad con esa boyante cuenta en el banco, el dinero nunca te dará la tranquilidad de mirar a la gente de frente. Con amor. Justificando cada pequeño desastre que, al fin y al cabo, son los que nos llevan a ser grandes.

Alguien tenía que decírtelo.

Mejor que sea yo, que aún estoy curando las cicatrices que me marcaste. Mejor que sea yo que, pese a todo, de algún modo, aún hoy te perdono y te quiero.

Eso sí… te quiero pero lejos.