Creerte invencible

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Lo más invencible que podemos arrojar al mundo es una idea.

 

 

Hay mil maneras de entender lo que se puede y lo que no se puede, lo que nos vale o es inútil para nosotros. Pero de entre todas, la más veterana en esto de lapidar o no nuestra fe, es sólo una: creernos invencibles.

Recuerdo cuando hace no muchos años me vi entre la espada y la pared. Yo no había querido pasar por el aro y me invitaban generosamente a formar parte de la Ley del Embudo. Había presión, pero lo tuve muy claro: tenía que ponerme en acción. En los ratos libres que me quedaban de lunes a domingo, no sé en cuántas puertas sellé mis nudillos. No sé los timbres que pulsé cada día. No recuerdo las horas que pasé delante de un ordenador vendiendo mi currículum a quienes no sabían ni que existía. Yo sólo quería la oportunidad de demostrar que los que me preferían en la boca estrecha del embudo estaban equivocados. Nadie se merece que le callen antes de tiempo, más aún si la razón del silencio es un encefalograma plano. Dicen que cuando uno desea algo con todo su corazón, éste se abre de par en par y va marcando el camino. En aquella carrera a contra reloj, la moneda decidió apostar por mi con la misma intensidad que yo con ella. Sólo se abrió una puerta. Pero se abrió lo suficiente como para poder saltar de ciudad, cambiar de rumbo y ponerme un contrato sobre la mesa.



¿Qué pasó?

Pasó la certeza de creer.



Más que una cuestión de fe, la manera de proceder nos aúpa o nos entierra. Tener la seguridad de que la banca cerraba y yo necesitaba mis fichas, me hizo buscar al mejor crupier y ganar la partida. O al menos, tener la posibilidad de jugarla con una buena tirada de cartas.

Muchos, y me meto en el saco, pasamos media vida procurando ser exitosos sin que se note. Para evitar la crítica y que la lanzadera de la envidia nos ponga siempre en el punto de mira. Así, no celebramos lo bueno y compartimos nuestros logros prácticamente con la almohada. ¿Es lo correcto? No, es lo aceptado. Porque destacar parece hecho para los malditos. Y porque si tú destacas, de algún modo, me estás diciendo que yo no lo hago. Eso me hace sentir tan mal que mi arma siempre será intimidarte. Frases en forma de dardos salen de las gargantas afiladas como cuchillos. Con mucha trampa y sin cartón, a pelo y con una devoción mafiosa. Lastiman tu valía para que tú no hagas lo propio con su ego. Y los egos mal programados sólo dan un resultado: egoísmo. En este Statu Quo, gran parte de quienes quieren todo como estaba llegan a los puestos más altos, gracias al movimiento de una inercia chiquitita pero tan anclada que son los primeros en creerse invencibles.

A veces sucede que a estos invencibles les pasa factura un vuelco. Ya sabes: esos episodios feos que nadie consume porque se apartan de lo “bonito”. De lo fácil y lo sabido. El vuelco, que no es más que eso, que caiga hacia un lado u otro lo que en tu vida existe, viene a ser entendido por casi todos como los problemas. Y ningún invencible se salva de ellos.

Los vuelcos hace falta verlos a través de un espejo. Igual que lo hizo Alicia. O Atreyu.



Los problemas no son más que nosotros mismos puestos frente a un espejo



La única forma de vernos es a través de los ojos de otros o en nuestro reflejo. Generalmente, la segunda opción no miente. Y en esos vuelcos ejemplares donde la humildad se cuela de nuevo por nuestros poros es cuando sale a la luz el rasgo que mejor define a los verdaderamente invencibles: el miedo.

Lejos de lo que puedas llegar a pensar, los más valientes son aquellos que sienten más miedo. ¿Sabes por qué? Precisamente por eso: porque lo sienten. No lo niegan, no le huyen. Lo viven en sus carnes hasta que los vellos se encrespan y el corazón se les pausa. Una vez que entienden que el miedo ya viaja con ellos, son capaces de reconocer su segundo rasgo: la emoción. Sentir es saberse vivo, porque no hay emociones buenas ni malas, sino las que se asumen o las que se tapan con paños calientes. Llorar y reír, la ira, la benevolencia… No existe un equipo de contrarios. Un invencible lo sabe, por eso filtra y da espacio a cada una de ellas. Porque sólo conociendo la alteración que nos causan podremos reconocerlas cuando vengan a buscarnos las cosquillas el día de mañana. Y sólo re-conociendo qué hacen con nosotros cuando nos engullen, sabremos ponerles a raya la siguiente vez que quieran sobrepasarnos.

Un invencible lleno de emociones que sabe encajar bien cada vez que le azotan un golpe, está muy cerca de llegar al lugar donde le corresponde. Ese lugar que nos negamos y que nos espera en todas partes:

el amor.

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Y nada de ñoñerías cuando hablemos de él,  que el amor es lo que mueve todo lo que ves, todo lo que escuchas y todo lo que parece completamente incompleto.

Qué verdad es que cuando el filo de la navaja nos enseña los dientes, todos nos agarramos al clavo ardiendo de seguir por aquí: vivos, respirando, con los nuestros, un día más… Ser vulnerables nos resuelve la duda básica de por qué estamos aquí. Y entonces ya no nos da por hacer esto o aquello en base al qué dirán. Ni buscamos la perfección en todo lo que hacemos porque ya lo es en sí mismo. No dejamos esa cita para mañana. Cuando nos da un arrebato, cumplimos con la corazonada. Lloramos si algo nos duele, pero también si nos emociona. Reímos con cada oportunidad que encontramos. Lanzamos al aire la vergüenza y apostamos por lo que para mucho sería el imposible más maltrecho.

Ser vulnerables nos da la vida frente a quienes se creen invencibles y que aún no han tenido la suerte de barajar una sola opción, ante la duda de quedarse con todo o nada.

Creerse invencible, todos pueden hacerlo.

Serlo sólo puede tejerse a medida de los valientes.

 

2 Respuestas a “Creerte invencible

  1. Y qué te digo yo, Carlos, si las lágrimas me nublan ahora la vista. Que nunca supe que se pudiera hacer tanto bien… Que la decisión que tuve que tomar la hice porque lo único que realmente nos queda cuando hay que hacer balance es haber sido honestos con nosotros mismos. Que el dinero no lo es todo. Que el todo se complementa con muchos más que uno solo. Que tus palabras me ayudan en un momento difícil porque empezar de cero no siempre es sencillo. Y que esas gracias finales se dirigen como un boomerang en forma de beso a tu mejilla por todo el bien que hoy me hace leerte. Porque con que sólo estuvieras tú, Carlos, ya merecería la pena. Pero que la suerte ha querido que haya muchos más que tú al otro lado. Y que eso es lo que cierra el círculo del todo del que te he hablado antes. Un abrazo lleno de cariño para ti. Y sí, espero que sean más veces yo también.

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  2. Buenos dias,por primera y espero que no sea la última vez.
    Hace bastante tiempo que tuve la fortuna de que la casualidad pusiera en mi camino una voz,pero no una cualquiera. Una capaz de parar el tiempo para hacerse escuchar, capaz de susurrarte hasta acariciarte el alma, de ser firme y alzarse por defender lo que es justo,de iluminar rincones del mundo desconocidos hasta entonces para los demás, de romper las corazas de lo superficial y retorcerte por dentro, de eso y muchas cosas más. Esa voz eres TÚ.
    No podría agradecerte lo suficiente que seas como eres, aunque imagino que a veces cueste mucho. Normalmente aquello que merece la pena no se consigue fácilmente. Me llena de vida saber que aún quedan personas en el mundo capaces de brillar con luz propia, de salirse de lo convencional y ser ellas mismas. Eres auténtica, no sé si invencible o no, pero espero que llena de amor, como lo demuestras en todo lo que haces y dices. Seguro que nunca te faltará porque lo vas sembrando allá por donde vas.
    Hace muy poco me sentí especialmente vulnerable, vulnerable por sentir ese amor a esa voz que me acompañó tantas y tantas veces, con la que reí y lloré, con la que sentí y compartí, y que de repente un dia y por sorpresa ya no estaba. El dolor se hizo aún mayor, porque desde un tiempo a esta parte tenía pensado intentar saludar y agradecer a esa voz y en persona (si hubiera sido posible) todas esas horas de hacerme sentir vivo, pero por cuestiones laborales y familiares me fue imposible y ahora ya no estaba.
    Con el corazón en la mano, que creo que es mi bien más preciado, te digo que te deseo todo lo mejor en la vida,que sigas creciendo como persona, que no te falten proyectos ni metas que alcanzar, que sueñes siempre, despierta o no, que ries y llores, que te sientas viva y lo compartas y disfrutes con aquellos que te queremos tanto porque nos haces felices, aunque no nos veas y estemos en algún rinconcito siendo participes de tus inquietudes, de tu ilusión y tu cariño.

    Un millón de besos y aún más de gracias. Carlos

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