La escuela del milagro

[NOTA: El post de hoy viene inspirado por la petición de Elena Sánchez Sánchez, que en redes sociales me sugirió que dedicase una entrada a esas energías que nos unen a las personas. Tú también puedes proponer temas si te pones en contacto conmigo por aquí]



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La verdadera evolución sucede cuando por primera vez se unen cosas que habían estado hasta entonces separadas.

ARTHUR KOESTLER, “Más allá del reduccionismo”.




La verdad de los cambios es completamente subjetiva… o quizás no.

Hay una dicotomía ancestral que cuenta de lo que somos, de qué venimos a hacer, de lo que está en nuestra voluntad y de lo que habla a través del destino.

 




En este sentido, hay mil opciones posibles… Lo cual es maravilloso, porque que la pluralidad no magnifique pero sí imante es una de las cosas que aún a día de hoy me siguen dejando a cuadros.

Todos alguna vez nos hemos topado con alguien. Con un alguien que al tiempo ha resultado ser un único. O una única. Pero en definitiva, un alguien que tuvo la capacidad para sacar a la luz de nuestro paritorio mental eso que teníamos tapado bajo moqueta en algún rincón de nuestras almas. ¡Hey!, es un alivio saber que estas personas aparecen como si algo parecido a la magia las hubiera citado. ¡O quizás es magia! De hecho, la evidencia de que existe es que mientras tú lees esto, los impulsos eléctricos que emite tu cerebro en el día de hoy son superiores a los que emitirán todos los teléfonos del planeta juntos. La escuela del milagro al fin y al cabo es una cuestión de cómo pongamos nuestros pies en la tierra y la actitud en precampaña.

Esa magia de la que hablamos poco tiene que ver con la fe: es más un credo o un mantra. Algo que se repite en función de cómo nos dé por interactuar en el mundo. Así, el éxito ya no se medirá por la cantidad de ceros que haya en tu banco, sino por las personas que se acordarán de ti cuando te vayas.

Una de las cosas más valoradas para llegar a ese éxito una y otra vez, es la de entender que, incluso quien actúa de mala fe, en el fondo está muerto de miedo. Tiene miedo al éxito, a mostrarse y a enseñarle al resto quién es. Si no hubiera miedo, no habría necesidad defensiva… Las personas rudas con que nos encontramos tienen la nula delicadeza de rompernos los esquemas, los objetivos y hasta el corazón. No te sientas mal si fuiste el cordero que ofreció su buena voluntad, porque aunque finalmente el lobo te dejó esa cicatriz que duele, muchos otros corderos pudieron ser mejores en sus rebaños por lo que te vieron hacer a ti en el tuyo. Y eso es lo que  nos pasa desapercibido: la huella que dejamos. Lo que de manera natural nos define y a lo que no hacemos demasiado caso. O dicho de una manera mucho más poética: tu esencia. Lo que nadie podrá jamás imitar por mucho empeño que ponga en la réplica.

Al no hacer caso a esas conexiones que surgen sin querer, nos asombramos cuando de repente nos toca ser referentes. No es un misterio que hay seres faro allá donde mires: surgen sin domesticación previa, y es esa naturaleza salvaje la que los hace aún más apetecibles.  Un faro sabe dónde está, hacia dónde va y si se está desviando de la línea que se había trazado. Y su fin último es que a quien le da candela averigüe también dónde esta, hacia dónde va y si sus pasos se dirigen donde se había marcado.  Lo curioso de todo esto es que quien hoy es faro, mañana puede ser iluminado: las luces saltan nómadas evitando que el ego nos ahogue y todos sintamos la fuerza de ir creando por el camino.

Los seres faro sucumben también a la belleza. Y caen en los renglones de la falta de amor… Porque ante todo y además de faros, oye, somos humanos. Y nuestra bendita perfección se esconde en la fragilidad para ser sensibles.



Los más valientes no son quienes no caen y callan, sino quienes aciertan a entender por qué cayeron o para quiénes hablan…



En esa maraña de manos, pies, caderas y llagas… en ese vergel de deseos, labios e ideas, algunas más neutras que otras, es donde la energía da para hablar. Y para montarte una feria de muestras con personas que de algún modo están en sintonía contigo. Las casualidades que más impactan se llevan cociendo mucho fuego lento atrás… Pero seguimos pensando en que son milagros. ¡Y lo son! Desde luego que lo son. Los milagros son la maquinaria que uno pone en marcha nada más nacer. Y es cuestión de los botones que tocamos que esa magia se repita en cada paso que damos.



Ya lo decían los hombres sabios, que todo es una cuestión de oferta y demanda: cuanto más amor se da, más se multiplica y menos se gasta…



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