Reconocerse

Suelen decir que no es fácil. 

 

Que cuando llega el momento hacemos la vista gorda. Que nos da por huir. Por mirar hacia adelante sin saber que llevamos el resorte detrás. Y es verdad...

 

 

Tú lo sabes. Yo lo sé. Nosotros los sabemos. Ellos lo saben.

Nos empapamos con libros que nos hablan de los pasos que hay que dar, uno tras otro. Danzamos con ellos como con la letra de una canción que nos gusta, sin parar de tararearla.  Hasta que, de repente, su estribillo nos cansa. Y dejamos de cantar. Dejamos de esforzarnos. Con esa dejadez como triunfo, el brillo cae por el desagüe. Nuestro brillo. Ese que durante un tiempo nos hacía sentirnos tan fuertes. Y así, el brío inicial se esfuma como el vaho de los cristales: en silencio, sin darnos cuenta.

 

Reconocerse habla de mucho. Y habla también de lo poco. De lo mucho que somos y de lo poco que nos damos cuenta. Lo lo mucho que abarcamos y de lo poco a lo que ponemos atención. De lo mucho que arrastramos y de lo poco que limpiamos. De lo mucho que nos duele y lo poco que lo vemos.

 

Al fin y al cabo, todo es reducirlo a una sola cosa: el miedo. Que para los más fuertes será cuestión de

un miedo pequeñito

y para el resto de los que estamos aquí

UN MIEDO MAYÚSCULO

que juega a los dardos con nuestra propia autoestima.

 

Tenemos tantos credos y pensamientos que muchas veces ya no sabemos dónde está lo real… o dónde está la mentira. O ese segundo de nuestra vida en el que todo empezó a irse al garete. En el que dijimos un “sí”, cuando era un “me lo pienso”; en el que contestamos “no me importa” cuando la verdad era un “te quiero”; en el que fingimos un “de acuerdo” cuando era un “me haces daño”. Nos mentimos, nos mienten y vivimos hartos de castigos porque tenemos miedo a lo más crucial, lo más importante.

 

Reconocernos… Lo que nos cuesta… Porque las más de esas cuestas son empinadas y las nalgas con pendientes pesan demasiado. Porque no hay agua suficiente hasta llegar a la cima. Porque se hace ya de noche. Porque no me sé la ruta. Porque este mapa no lo entiendo… Pero el porque de más peso está en la mochila, que va sobrada de trastos viejos y nada más.  Nada más. No cabe ni un ay. De ahí que ni nos quejemos.

 

Un grito en el cielo no es más que una queja, pero si es en el cielo de la boca entonces salen las palabras que no hemos soltado jamás. O sí hemos soltado, pero con mucho alcohol en ellas. Qué jodido esto de que nos venga la sinceridad cuando estamos ebrios. Y que la botella se nos quede sin abrir cuando estamos frescos como lechugas. Porque entonces no celebramos nunca. Ni una copa, ni una briznita en el paladar si un buen día nos da por tirar a la basura esa mierda de ego ecosostenible que nos mantiene en la inopia.

 

Mira, nos la juega a todos. La falsa creencia de que no nos va a pasar tiene un juego de piernas más sexy que el de la Stone en aquella película. Babeantemente, con esa convicción enamorada en la cabeza, nos toreamos la necesidad de echar hacia afuera la bilis, los nudos, la porquería, la fritanga de nosotros mismos. Pero en algún instante hay un dedo que nos toca el botón. Entonces llegan la discordia y los falsetes. Tú, como víctima. Tú, como verdugo. Tú, como ignorante. Tú, como lo que te venga en gana . Pero sin escapatoria. No hay nada que puedas hacer. Nada para escabullirte. De todos los balones ya ni uno puede quedar fuera.

 

Mira, nos pasa a todos. Lanzamos toda la rabia contra el espejo. Y lo rompemos. En tantos pedazos que se quedan cristales muertos en el suelo. Muere con ellos la barrera del sonido que taponaba lo que no queríamos escuchar. Y de nuevo empieza la danza. Y el estribillo de esa canción que tanto nos gusta. Con una letra que habla de la estrella polar y las brújulas que buscábamos afuera y que, como dice la canción de Niños Mutantes, siempre habían estado en tu mente.

 

Reconocerse es no tener ningún lugar y, sin darte cuenta, pertenecer a todos lados.

 

 

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